Durante los primeros años de vida, los bebés atraviesan una etapa de exploración constante en la que el contacto con el entorno resulta esencial para su desarrollo. A través de la observación y la experimentación, comienzan a adquirir habilidades, reconocer estímulos y comprender el funcionamiento de su propio cuerpo y del mundo que los rodea.

En este proceso de descubrimiento, es habitual que realicen acciones que no son recomendables y que, en algunos casos, pueden suponer un riesgo para su salud. Una de las situaciones más frecuentes que genera preocupación en las consultas de pediatría es la ingesta de arena por parte del bebé.

Aunque se trata de una conducta que debe evitarse y corregirse con precaución, no suele ser motivo de alarma inmediata. Forma parte, en la mayoría de los casos, de una fase transitoria propia del desarrollo oral y de la curiosidad natural del niño.

La etapa oral de los bebés: la boca como medio de exploración

La etapa oral hace alusión a una fase de exploración oral propia del desarrollo temprano, en la que los bebés utilizan la boca como una de sus principales vías para conocer el entorno. A través de esta exploración, los niños obtienen información sensorial y desarrollan habilidades relacionadas con la coordinación, la percepción y la regulación de la conducta.

Desde los primeros meses, los bebés tienden a llevar objetos a la boca como parte de su desarrollo. La boca es una zona muy sensible y les permite explorar texturas y sensaciones mientras sus sentidos y habilidades motoras continúan madurando. Por lo tanto, la mejor forma de descubrir el mundo para los pequeños es la boca, que inconscientemente se relaciona con el placer porque es el lugar por el que se recibe la leche materna y otros tipos de alimentación.

Esto hace que, de manera más o menos consciente, el bebé quiera experimentar con la boca y acabe por llevar cualquier objeto o elemento con el que se encuentra a ella. Por supuesto, dar con un bebé que come arena en la playa, el parque o el propio jardín de casa es más que habitual en estos momentos de su crecimiento.

Precauciones ante infecciones por pesticidas, heces y agua de desperdicios

Es conveniente observar con atención a los menores que, por un descuido, hayan comido cualquier tipo de arena: si es la de un macetero, esta puede contener abonos o pesticidas; si es la de la playa o la del campo, puede contener heces, y bacterias. También las aguas de riego o de desperdicios pueden causar infecciones, problemas intestinales y otras dolencias.

Si el bebé que come arena no presenta ningún malestar, llora sin un motivo aparente o muestra fiebre, es recomendable acudir al pediatra para que evalúe la salud del menor y recomiende los pasos a seguir para que la situación no se agrave.

¿Puede tratarse de un problema de ingestión en la infancia?

Sobre la base de que en la mayor parte de los casos se trata, tan solo, de esa experimentación frente a lo desconocido, no se deben descartar otros escenarios en los que la ingesta de arena pueda ser patológica o estar relacionada con un problema de ingestión en la infancia.

En este sentido, lo principal es comprobar si se trata de una fase o si, por el contrario, es algo más e implica una pulsión constante que el niño o la niña no pueden evitar.

Si se confirma que el deseo de comer arena se alarga por periodos superiores al mes, conviene acudir al pediatra. Este valorará si se trata de un trastorno relacionado con el deseo de ingerir cosas no comestibles, conocido como “pica”.

En la Unidad de Pediatría del Hospital CIMA, contamos con un equipo médico especializado en el cuidado integral de la salud infantil, preparado para atender este tipo de situaciones y acompañar a las familias durante todas las etapas del desarrollo del niño.

Recomendaciones ante la ingestión de arena en bebés

Ningún padre o tutor está libre de que su bebé coma arena: un ligero despiste basta para que el niño coja un puñado con su mano y lo lleve directamente a la boca.

En estos casos, conviene no perder la calma ni la perspectiva, ya que, en un altísimo número de casos, quedará en una simple anécdota.

Sin elevar la voz ni regañar de manera desproporcionada al menor, trataremos de limpiar todos los restos de arena de boca, cara y manos y lavar todas esas zonas con abundante agua.

El siguiente paso es conseguir que el bebé beba agua para que se eliminen todos los restos de sal y arena de la garganta y para favorecer el tránsito intestinal. Además, con el agua se consigue reducir la concentración de fertilizantes, abonos o cualquier otro elemento nocivo que pueda perjudicar al estómago del menor.

Solo queda observar que no aparezcan síntomas de desajustes a nivel intestinal: fiebre, diarreas, vómitos o irritación en la piel. Además, habrá que valorar si el niño mantiene su nivel de actividad y vitalidad habituales o si, por el contrario, se muestra más apático y sin ganas de interaccionar.

En casi todos los casos, el bebé continuará con su ritmo habitual sin que se aprecien cambios.